Parecía un vaciadero de saliva, y acaso ejercía sobre cada uno de nosotros el mismo sentimiento: asco. Por el hedor que desprendían los cuerpos aglomerados, por el vecino inmediato, por la rigidez del esqueleto, por el bello pero inalcanzable firmamento, por la madre que nos parió y por nuestra hipocresía cotidiana. Por los seres etéreos, por los seres etílicos, los carbones, las cenizas y el humo. Por el cáncer de los hombres, por los hombres de cáncer, por la carne (en cualquiera de sus manifestaciones), por el hígado en llamas, la caspa, los piojos, el pie de atleta, la sarna, la gangrena, la caries, la hidropesía y el paludismo. Por los huesos rotos, las costillas bien saladas, la sordera y la ceguera. Por la fragilidad de nuestro cuerpo expuesto y amputado, el fantasma de un muñón bajo una mano de plástico. Por las uñas rotas (pero uñas al fin), por la médula, la sangre, los tendones, los desgarros, los vermes que aloja el intestino, por el hambre, el sueño y el dolor y la angustia y el cansancio.Y es por eso que renunciamos a la humanidad, y nos disgregamos y confundimos con nuestra propia saliva en un meadero mucho más vasto que el anterior.
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