lunes, 26 de julio de 2010

El Ser


Salvo
de pestilencias urbanas,
de quejumbres
y tachos de basura.
Ratas
que apaciguan
al triste vómito
de años
y años de herrumbre.
Insalvables pústulas
que alcanzan el cerebro
y que infectan las ideas
con su grave
color amarillento
de hojas viejas,
de libros olvidados.

Encausados
al martirio de la vida
soportamos mil horrores
creyendo que son muerte,
¡y son la vida!
Manifiesta, inoportuna,
impúdica, insolente...
Con qué resignación
nos arrastramos entre barro
y soportamos al vecino
y dividimos el lingote
en treinta partes,
la sangre
trocada por metal,
el yugo
expuesto en la piel
y los años contados
con el reloj de los huesos.

Solitarios
en un pedruzco olvidado,
y arrogantes e imbéciles...
ya se han extinto
antes de nacer.
Ya prefieren sobras
aún infectas,
y a nadie asombran
los gusanos.
El auspicioso hambre
empuja nuestras almas
a humillarse
y a pesar de esto
es aplaudido por miles
y bufado
por millones.

Lascivos
parásitos de tierra
henchidos por la greda,
que desprenden abismos
de sus poros abiertos,
y escupen
un sudor coagulado
en cada hora
de cada día,
renovando una acritud impune,
un aroma rancio
sepulto en lo profundo
de la vergüenza,
oculto
en los arcones
de la ignorancia
desnuda
y expuesta.

Amorfos
residuos de insensatez
se columpian delirantes
cual espada de Damocles,
como estúpidos diablitos,
penetrándonos el craneo
y exhudando mil argucias
que amedrentan el valor.
Cuán faltos de verdades
llegamos hasta aquí,
cuán exhaustos
de tanto andar.
Demasiado tiempo
albergan nuestras almas
para creer que aún soportan,
incólumes.

Infinitos
pero recreables
al capricho natural
de la necesidad,
de la inaudita disciplina
que brota del fango
y nos observa indefensos,
como peces en la tierra,
retorciendo nuestros vientres
y sufriendo.
Nos empuja al desatino
con solemnes bramidos,
y tritura la esperanza
de ser libres,
olvidando apartarnos
de pestilencias urbanas,
de quejumbres,
de insalvables pústulas.

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