Hay algo frágil en tu vidrio pausado que se rompe sin estruendo y sin aviso. No hace falta avisar lo inevitable cuando no se tiene tiempo de llorar o de decir adiós.
¿Podrá el océano jamás trepar a las ciudades? ¿desposarte en la nave de un templo vacío, mientras ángeles de yeso se descubren implorantes a la turbulencia lenta de las aguas?
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