Tú también estabas maldito.
Eras un postracueros ya sin carne,
un mendigo en las aceras del país que,
en contra de todas las corrientes,
hallaste, construiste y sumergiste.
Eras como aquel suicida reincidente, automático;
preciso navegante convulsivo que,
vena tras vena, terminó arrancándolas a todas.
Tu piel sin lágrimas se jactaba y,
- ¿quién podía imaginarlo? -
te morías, con la vehemencia de quien
siente el alma desgarrarse.
A tí entonces,
trémula barcaza que fuiste
navegando este ancho océano,
en contra de todas las corrientes,
te celebro, y redimo todos tus pesares
con cien hecatombes perfectas.
10/02/1998