La hoquedad de las horas,
la inexpresable tristeza
que aflora a mi pecho,
por dentro y se columpia
en las arterias, y me
oprime el esternón.
La huera sensación de soledad
en las quimeras,
la nada caprichosa,
la desintegración amorfa
de la vida, el espanto
que precede un dolor inmediato,
la angustia del después,
el vacío, el adiós,
el incierto 'hasta pronto',
la mentira, el caduco bienestar.
El alma mutilada por el tiempo,
las dudas, las palabras,
las ausencias, los reproches...
que vienen y van,
pendulando y mutilando
cada vez, y cada vez...
La monótona costumbre abrumadora
que monta a diario un falso
imaginario de belleza,
un circo de telarañas,
un grotesco y enfermo estadio
que bulle de sombras,
que repugna,
que enaltece lo infecto,
que hiede como la muerte,
que asfixia los momentos,
que aplasta las intenciones
y despedaza la voluntad...
Me pierdo en los abismos
y construyo en los abismos el camino,
sin procuro de la suerte,
sin reparo en las cornisas,
sin amarras,
y sin saber por qué.