Sólo entonces el remoto pavor
a la austera nada del deceso,
la insigne mítica fragancia
de la tierra, los laureles;
Sólo el mar y su agonía,
las tormentas estivales,
las esquivas esmeraldas
adoradas, los caminos;
como el cielo de la noche,
como el fuego de la tarde,
como el sol de la mañana,
el asombro de continuo,
el rumor y los embustes
habitantes de mi sangre.
Como el ánima eclipsada
por un cuerpo gastado...
Luego el tiempo, el reflujo
del ayer y los mañanas
en el hoy desesperado;
por inciertos que fueren
los relatos,
las hazañas,
las proezas de tu piel.
23.09.98
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