Érase un mundo de cristales rotos
y empañados, con las horas hastiadas
de los últimos días en Edén.
La quietud marchita de la ausencia
auguraba peste de silencio añejo
y descansaba en los umbrales olvidados.
Quizá el secreto de tu piel,
quizá el verano de tu sangre,
quizá el adiós a la magia del aire.
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