Caemos en el sueño de la melancolía, y nos retorcemos como serpientes en el fuego, y sufrimos. La esencia de la vida se nos va de las manos y cae hasta lo más profundo, donde no llega luz, y se apaga en un murmullo.
Los males de este mundo nos obligan a llorar sin consuelo, como niños moribundos, pálidos, con La Muerte a sus pies...
Tomando conciencia de la carne, nada alcanzará para llenar el vacío generado por la ausencia del recuerdo que nos dice que también poseemos alma.
Pero el cuerpo, pura carne, sangre y hueso, nos pasa su dolor. Y sin él seríamos eternos, envasados en algún mejor recipiente para preservar la vida...
No somos más que fantasmas encerrados en animales.
04/09/1993
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